Alfonsina se ahogó en el mar

Ahora escucho solamente lo que me dice a través de las olas de luz, violencia y a veces esperanza...

12 de noviembre de 2009

Eres lo que escribes, escribes lo que eres . . .

"Quienes tienen la paciencia de frecuentarme dicen que desde mediados del año pasado ando enajenado, ausente, ensimismado, como si en todo momento alguien me estuviera tirando invisiblemente de la manga para llamarme la atención sobre alguna cosa ignota que sucede en un plano que no se puede percibir. A veces me disculpo y salgo de ese estado para atender mis asuntos; luego regreso a la catalepsia . . . Señores, lo que ocurre es que estoy escribiendo, y entonces todo pasa a segundo plano . . ."

Félix Luna escribió esto en algún momento de su vida, ahora (de eso estoy segura) andará rondando los valles de aquellos segundos y terceros planos, en donde se fundió su vida con la escritura, y se convirtió en Roca, San Martín o Rosas.

Para alguien que escribe, aún cuando no lo haga profesionalmente -como es mi caso-, sentirse identificado de alguna manera con Félix resulta inevitable. Porque he estado en ese estado de irrealidad casi febril y constante que no se acaba hasta que la pieza está completa. No concibo la vida sin una hoja y un lápiz; toda mi vida escribí, como si fuera requisito indispensable para entender, para sentir . . .
Hay una explosión interna que enciende, que arde, que consume y que no puede extinguirse hasta que no se plasma en aquella hoja, sin interesar el día, la hora o el lugar. Creo que escribir siempre ha sido mi adicción incurable, la necesidad más arraigada que poseo y de la cual no reniego -a veces- y por la cual en ocasiones muero -demasiadas-; algunos dirán que no es sólo escribir sino lo que se escribe, yo diría que es aquello que se siente, que se vive cuando uno empuña un lápiz y traduce esas maquinaciones disparatadas de la mente en una hoja en blanco. Entonces,de repente, todo tiene sentido. Hasta lo que nunca tuvo sentido.
En ese estado de la cuestión me resulta difícil discernir si la pasión que me consume es la escritura, es el objeto de mi pensamiento o algún tipo de locura indescifrable que amenaza con perderme de una vez por todas.

Nunca lo había pensado. Y ahora que lo escribo todo tiene sentido. Aún cuando no quede claro para nadie, menos para mi. Al menos Félix, desde algún lugar del universo, puede entenderlo.

31 de octubre de 2009

Y llevas el caño a tu sien...



Para Iván ese 1.983 se deshacía en el aire, se arrastraba sangriento quitándole la juventud, el divino tesoro. Tenía sólo 15 años. Se encerró en el despacho y apretando el gatillo terminó con la incertidumbre.  Esa muerte que vivía en él hacía demasiado tiempo llegó para encontrarlo. O mejor dicho, él decidió mirarla a los ojos.

Hace una semana leí su historia en La Gaceta Literaria. Iván (foto), hijo del ex diplomático, periodista y escritor argentino Abel Posse, vivía en un mundo de facilidades económicas, viajes costosos y educación privilegiada. Con esto no quiero decir que su vida haya sido fácil; de hecho, no conozco de cerca su historia ni a su familia. En palabras de su padre "se había transformado en un Trotsky infantil, en el jefe de una pequeña banda a cuyos miembros les decía que no debían ingresar en la sociedad y que la adolescencia era el único momento en que podían evitar quedar atrapados. Iván pensaba que la adultez era el fin."

El escritor decidió hacer pública la historia de su hijo después de 26 años. Para él Occidente transformó la muerte en un episodio antinatural, a diferencia del nacimiento: "por eso nos sorprende, nos espanta, nos parece ilegítima y nos impulsa  a la queja, al llanto."
Me impactó su visión acerca de la muerte. En nuestros momentos oscuros, todos y cada uno de nosotros hemos pensado en ella. En la dama oscura, en su silencio y en la finalidad de esta existencia. Quizás para saber si viene algo después, para estar seguros. O sólo para terminar con ese peso invisible y ciertamente doloroso de algunas realidades.

Sin embargo, es muy difícil entender a aquellos que deciden morir. Quienes traspasan los límites de las muertes cotidianas, de los demonios internos y apagan el interruptor. Y no es que pretenda con este post entenderlos, juzgarlos, justificarlos o condenarlos. Tal vez para ellos la muerte no sea un quiebre sino el paso lógico, único, auténtico hacia el que se dirige nuestra esencia.
Hace aproximadamente un año, Francisco, de 16 años, amaneció ahorcado con una sábana en una de las comisarías tucumanas. Vivía al frente de mi casa, y en cuando era pendejo jugaba a los power rangers en mi vereda, con uno de mis hermanos. Con el tiempo la pobreza, los golpes, la droga, la vida... y finalmente ella, la oscuridad. O la luz.

Me pregunto si Francisco sentía lo mismo que Iván escribió días antes de su muerte:

"Me voy a suicidar. Yo soy un privilegiado, me dicen. Pero no quiero saber nada de las malditas responsabilidades de prepararse para el futuro. Un solo instante de opresión o de tristeza echa a perder el sentido de la existencia. Los padres nos meten de cabeza en la educación. Es con la educación que nos hacen la faena de nuestra muerte moral. Maravilla de volver a la tierra. Rehacer el ciclo orgánico sumergiéndose en la maravilla de la no existencia. De la silenciosa y noble nada elevada sobre ese hormigueo febril y vano llamado vida..."

18 de octubre de 2009

¿Y quién es el hombre de la calle?

En mi paso por el periodismo entendí que uno de los desafíos de quien escribe en un diario es llegar, justamente, al hombre de la calle. Las notas tienen que reflejar el sentimiento popular de Doña Rosa, Don Pepe, Doña Casimira... ellos tienen que sentirse identificados y verse reflejados en esa realidad.
Allá, por 1.950, el Gabo García Marquez escribía:

"El hombre de la calle es uno, múltiple y contradictorio, que no sólo está de acuerdo y en desacuerdo, simultáneamente, acerca de una misma cosa, sino que discute rabiosamente consigo mismo sin llegar nunca a una conclusión definitiva..."

El hombre de la calle me exaspera. No puedo comprender esa lógica sin sentido de la masa que tira para cualquier lado, dependiendo la dádiva o el discurso. El hombre de la calle es ese viejito de 86 años que me cuenta -como lo más natural del mundo- que votó a Bussi en el 2003 y que volvería a hacerlo "para que no haya tantos vagos en las calles como ahora".
El hombre de la calle es precisamente la verdulera Doña Marta, que mientras me hace precio por el kilo de frutillas me dice que "la policía tendría que matarlos a todos estos drogadictos que andan de noche y me ensucian la vereda". Es ese mismo hombre, la chica de la fotocopiadora que me pregunta sobre unas fotos de las que pido copias, fotos de un homicidio: "Pobre chica, ¿qué le pasó?", a lo que respondo "asaltó al taxista y éste volvió a buscarla con un arma...", "Ja! bien merecido se lo tiene, así van a aprender estos chorros hijos de puta."

Ese ser abstracto y omnipresente determina que una ley, con apoyo popular, se promulgue sin saber siquiera el contenido. Se transforma en juez y verdugo en los casos resonantes cuando no sabe siquiera qué fue lo que pasó. Tiene la intuición de que todo tiene que ser así sin fundamentos, o peor aún, con fundamentos contradictorios y falacias diversas.
Así que este blog es para todos, menos para el hombre de la calle. Y de vez en cuando, cuando le de curiosidad (como creyendo que este espacio es un reality show como los que habitualmente alimentan su sed de morbosidad y vacíos existenciales) y quiera saber qué es lo que escribe Alfonsina desde el fondo del mar y ahogada en sus locuras, se rasgará las vestiduras y entenderá que desde aquí se apoyan causas perdidas e inverosímiles para él, pero vivas para muchos otros.

"Me gustaría saber qué es lo primero que piensa esa criatura incomprensible cuando despierta. Siempre he creído que la mejor manera de conocer a un hombre es preguntarle, en el instante en que abre los ojos, y todavía con  la cabeza en la almohada , en qué está pensando. Si alguien me resolviera esa duda, con respecto al hombre de la calle, obtendría para este predio una ventaja que no la tendría otro ninguno en el país. El hombre de la calle, ignorante de que tiene ese secreto, probablemente exclamaría al leer esta sección: `Caramba, me gustaría saber en que piensa el tipo que escribe esto, en el instante en que despierta...´

10 de octubre de 2009

EL DINERO NO ES TODO PERO...

Las negociaciones siempre se me dieron fáciles. Puedo estudiar estrategias para casos complejos y delirarme con posibilidades procesales, teorías filosóficas que pretendo que los jueces entiendan, apliquen y sientan propias. No le tengo miedo a los desafíos, lo único que puede llegar a frenarme son las objeciones de conciencia, las que surgen sin que yo pueda hacer nada para detenerlas.

Sin embargo el mayor inconveniente en esta lucha por el ejercicio libre de la profesión lo encuentro al momento de cobrar a la gente. "Mi marido está internado y tuve gastos inesperados", dice la viejita con aspecto frágil y con lágrimas en los ojos. "Yo le voy pagar pero justo me surgió un inconveniente, la semana que viene...", me explica el padre de un detenido en el penal. "Desde que mi padre se suicidó pegándose un tiro en la cabeza me cuesta conseguir toda la plata, tengo tantas deudas...". En esos patéticos y manipuladores momentos me quedo paralizada. Y cedo unos días más, que se transforman en semanas, y de repente me surge este embole potenciado en cien millones de deudas que el Sr. Visa me manda por correo, y me siento una total y completa estupida.

En fin, hoy tomé una firme decisión de hacer valer mi trabajo y llamé a mis deudores sin aflojar un ápice, con tono de voz firme y directa... me siento como el banco francés. Como diría mi abuelo: gajes del oficio.


7 de octubre de 2009

AL VOLANTE Y CON RESACA

Siempre pensé que los automovilistas son todos unos malditos locos maniáticos. El tránsito en la ciudad es un caos, pero nada comparado con el intelecto de unos cuantos especímenes de la raza humana que ostentan el manejo de un auto, camión, colectivo, moto e incluso bicicleta; quienes tienen una habilidad especial para ignorar el significado del semáforo en rojo, la existencia de una senda peatonal y la posibilidad remota de bajar la velocidad en amarillo. Están los que, sentados en el lugar del conductor, dejan atrás su miserable existencia mundana, para convertirse por breves kilómetros en "reyes de la carretera", y se dan el lujo de tocar la bocina a las 7 de la mañana en forma ininterrumpida, y elaborar insultos bastantes creativos para sus pares, y en especial para los peatones que -pobres ilusos- intentan cruzar en hora pico una esquina atestada.

Sí, definitivamente, unos malditos locos maniáticos cada uno de ellos. Así que ¿por qué tardé tanto en unirme a la jungla?

Después de percatarme de que cumplo varios de los requisitos para formar parte de este selecto grupo de lunáticos comencé mis lecciones de manejo: un domingo a la noche y con una resaca importante. Es decir, con el humor exacto para irrumpir en el mundo de los autitos chocadores. A los breves minutos de tomar el control entendí la sensación, el vértigo, la locura... cada automóvil que da vueltas por una esquina es un arma mortal, una posibilidad menos de sobrevivir a la ciudad de la furia. Puedo visualizarme dentro de unos meses, convertida en una Marge Simpson cualquiera, presa de la "rage road" (ira de carretera) y pasando por encima con mi Canyonero a todo aquel que ose ponerse en mi camino. Lo único que me preocupa es que no se me ocurran los insultos pertinentes.

Como venía diciendo, todos ellos unos malditos locos maniáticos...


Nota de la E: desde el domingo que estoy cantando esta canción:
la canción del canyonero

30 de septiembre de 2009

Mi caricatura siniestra



- “Deberías defender solo a los clientes inocentes”

Alfonsina se tomó un minuto para sonreír a Ana Laura. Y no le dijo nada. La verdad es que todos son y serán siempre culpables: de abandonar a sus hijos, de golpear a quienes aman, de matarse delante de una cámara de TV, de estafar a los que menos tienen, de violar y asesinar sin remordimiento, de simplemente desaparecer… y también de soportarlo, de soportar día a día y convivir con la miseria humana, con el cinismo, con el silencio cómplice, con lo más oscuro que tiene esta humanidad errada y contradictoria.

Poco a poco Alfonsina se ahoga pero no muere, se entristece pero no muere, se acostumbra… ¿se acostumbra? Entonces llega la muerte lenta del espíritu, del idealismo, de esas cosas intangibles que defendió desde que tiene memoria.

Una sombra cubre -a veces- ese mar furioso, impredecible en el que ella decide descansar. Pero no puede, no quiere acostumbrarse. Sin embargo, sabe que hay algo, ahí donde se funde el alma con ese saco de huesos, que empezó a morir de a poco. Y quizás por eso esta sensación de duelo.

Nota de la E: No se preocupen, todavía no me acostumbré, nunca voy a acostumbrarme…


3 de septiembre de 2009

La loca de Chacabuco y Crisóstomo

-“No deberías andar con el pelo suelto por las calles, menos teniéndolo tan largo… en esta esquina te pueden asaltar y cortarte el cabello para venderlo…”

Tan severa afirmación salió de la boca de una señora setentosa, de un precavido cabello corto para frecuentar la “peligrosa” esquina y totalmente cano. Detrás de unos lentes, que casi abarcaban la mitad de su rostro, se escondía una mirada maniática, inocente y más allá de todo razonamiento.

-“Lo voy a tener en cuenta, muchas gracias…”, le respondí, tan sorprendida que ni pude reírme de la situación. Decidí seguir mi camino, pero una mano envejecida me retuvo del brazo: -“No te estoy mintiendo, en serio hay que tener cuidado, querida”.

Irremediablemente la tentación afloró en mi cara, y para no ofenderla, le doy gracias nuevamente y apresuro la marcha. Cruzando la Crisóstomo decido echar un vistazo, ella me contemplaba con su vestido a flores grises, un bolso gigante rojo y una sonrisa extraña.
Cavilando sobre la posible leyenda urbana de traficantes capilares, que asaltarían a la gente munidos de maquinitas eléctricas o tijeras de punta redonda, me alejé sonriendo… estas cosas suelen pasarme.

De este memorable encuentro ha pasado más de un año; sin embargo hace dos días y, en esa misma esquina, volvió a materializarse:

-“Señor tenga cuidado que este tipo de pantalones se enganchan en los autos y puede morir aplastado en la calle”, le dijo con angustia y tironeando el pantalón de vestir de mi jefe circunstancial. Sólo por la cara de pánico que puso valió la pena el reencuentro… me pregunto qué otras leyendas urbanas habrá creado ese intelecto tan particular…