De repente un día decidí mejorar mi calidad de vida y empecé a salir a correr a la plaza San Martín con unos amigos. Quienes me conocen sabrán entender la magnitud de tal decisión: nunca me gustó la gimnasia, incluso en jardín de infantes me torcí el cuello haciendo el rol (saquen ustedes conclusiones). Jamás fui constante en los emprendimientos físicos que muchos trataron de inculcarme, entre ellos mis viejos, quienes invirtieron en un palo de jockey, canilleras, uniforme para el supuesto equipo del club, el que abandoné a las dos semanas.
Es así, la gimnasia y yo nunca fuimos buenos compañeros. Soy la única persona que se esguinzó la mano derecha dos años consecutivos, primero con la pelota de voley en un trunco partido en segundo año de la secundaria; y después con la pelota de cesto, cuando ni siquiera estaba jugando.
Podría cubrir el vidrio de mi ventana con los carnets de diferentes gimnasios a los cuales mis amigas me "incentivaban" a concurrir, pero que de una u otra manera terminé dejando (vale aclarar que junto con muchas de ellas).
A lo largo de estos años, de vez en cuando pretendía "salir a caminar", pero a los tres días terminaba convirtiéndose en un paseo para fumar un pucho y tomar una gaseosa.
Teniendo en cuenta mi total desamor hacia el arte gimnástico, que yo decidiera salir a correr con amigos que, dicho sea de paso, de verdad hacen gimnasia (o sea que de zafar no había posibilidad) fue un gran paso para un cambio de mentalidad.
Cuando le comenté de mi férrea determinación a Mel, un gran amigo y blogger, se mostró totalmente indignado. No porque yo hiciera gimnasia, sino por el lugar: la plaza San Martín.
- "Hace unos años era un lugar para ir en pareja y chamuyar, pero ahora... está lleno de gente sudada y uno tiene que ver a las gordas en calza corriendo por la vereda... si pudiera iría con una ametralladora y los mataría a todos esos desgraciados..."
Después de tamañas declaraciones (y habiendo aclarado que yo me salvaría del asesinato masivo), volví a la plaza con la mirada de Mel pero no pude imaginarmela de otra manera. Aunque para algunos haya perdido esa magia `romántica´, la plaza respira y vive a través todo el que la rodea. Encontré en este lugar una paz interna que fluye por el suelo, los árboles y el aire, mas alla de ese movimiento de gente que la acompaña. Tanto así que sigo yendo a correr cuando ya mis amigos desistieron desde hace varias semanas.
De vez en cuando parece que uno puede reconciliarse con aquellas cosas que pensaba que jamás podría o volvería a hacer.
