"Quienes tienen la paciencia de frecuentarme dicen que desde mediados del año pasado ando enajenado, ausente, ensimismado, como si en todo momento alguien me estuviera tirando invisiblemente de la manga para llamarme la atención sobre alguna cosa ignota que sucede en un plano que no se puede percibir. A veces me disculpo y salgo de ese estado para atender mis asuntos; luego regreso a la catalepsia . . . Señores, lo que ocurre es que estoy escribiendo, y entonces todo pasa a segundo plano . . ."
Alfonsina se ahogó en el mar
Ahora escucho solamente lo que me dice a través de las olas de luz, violencia y a veces esperanza...
12 de noviembre de 2009
Eres lo que escribes, escribes lo que eres . . .
31 de octubre de 2009
Y llevas el caño a tu sien...
18 de octubre de 2009
¿Y quién es el hombre de la calle?
Allá, por 1.950, el Gabo García Marquez escribía:
"El hombre de la calle es uno, múltiple y contradictorio, que no sólo está de acuerdo y en desacuerdo, simultáneamente, acerca de una misma cosa, sino que discute rabiosamente consigo mismo sin llegar nunca a una conclusión definitiva..."
El hombre de la calle me exaspera. No puedo comprender esa lógica sin sentido de la masa que tira para cualquier lado, dependiendo la dádiva o el discurso. El hombre de la calle es ese viejito de 86 años que me cuenta -como lo más natural del mundo- que votó a Bussi en el 2003 y que volvería a hacerlo "para que no haya tantos vagos en las calles como ahora".
El hombre de la calle es precisamente la verdulera Doña Marta, que mientras me hace precio por el kilo de frutillas me dice que "la policía tendría que matarlos a todos estos drogadictos que andan de noche y me ensucian la vereda". Es ese mismo hombre, la chica de la fotocopiadora que me pregunta sobre unas fotos de las que pido copias, fotos de un homicidio: "Pobre chica, ¿qué le pasó?", a lo que respondo "asaltó al taxista y éste volvió a buscarla con un arma...", "Ja! bien merecido se lo tiene, así van a aprender estos chorros hijos de puta."
Ese ser abstracto y omnipresente determina que una ley, con apoyo popular, se promulgue sin saber siquiera el contenido. Se transforma en juez y verdugo en los casos resonantes cuando no sabe siquiera qué fue lo que pasó. Tiene la intuición de que todo tiene que ser así sin fundamentos, o peor aún, con fundamentos contradictorios y falacias diversas.
Así que este blog es para todos, menos para el hombre de la calle. Y de vez en cuando, cuando le de curiosidad (como creyendo que este espacio es un reality show como los que habitualmente alimentan su sed de morbosidad y vacíos existenciales) y quiera saber qué es lo que escribe Alfonsina desde el fondo del mar y ahogada en sus locuras, se rasgará las vestiduras y entenderá que desde aquí se apoyan causas perdidas e inverosímiles para él, pero vivas para muchos otros.
"Me gustaría saber qué es lo primero que piensa esa criatura incomprensible cuando despierta. Siempre he creído que la mejor manera de conocer a un hombre es preguntarle, en el instante en que abre los ojos, y todavía con la cabeza en la almohada , en qué está pensando. Si alguien me resolviera esa duda, con respecto al hombre de la calle, obtendría para este predio una ventaja que no la tendría otro ninguno en el país. El hombre de la calle, ignorante de que tiene ese secreto, probablemente exclamaría al leer esta sección: `Caramba, me gustaría saber en que piensa el tipo que escribe esto, en el instante en que despierta...´
10 de octubre de 2009
EL DINERO NO ES TODO PERO...
7 de octubre de 2009
AL VOLANTE Y CON RESACA
Sí, definitivamente, unos malditos locos maniáticos cada uno de ellos. Así que ¿por qué tardé tanto en unirme a la jungla?
Después de percatarme de que cumplo varios de los requisitos para formar parte de este selecto grupo de lunáticos comencé mis lecciones de manejo: un domingo a la noche y con una resaca importante. Es decir, con el humor exacto para irrumpir en el mundo de los autitos chocadores. A los breves minutos de tomar el control entendí la sensación, el vértigo, la locura... cada automóvil que da vueltas por una esquina es un arma mortal, una posibilidad menos de sobrevivir a la ciudad de la furia. Puedo visualizarme dentro de unos meses, convertida en una Marge Simpson cualquiera, presa de la "rage road" (ira de carretera) y pasando por encima con mi Canyonero a todo aquel que ose ponerse en mi camino. Lo único que me preocupa es que no se me ocurran los insultos pertinentes.
Como venía diciendo, todos ellos unos malditos locos maniáticos...
Nota de la E: desde el domingo que estoy cantando esta canción:
la canción del canyonero
30 de septiembre de 2009
Mi caricatura siniestra

- “Deberías defender solo a los clientes inocentes”
Alfonsina se tomó un minuto para sonreír a Ana Laura. Y no le dijo nada. La verdad es que todos son y serán siempre culpables: de abandonar a sus hijos, de golpear a quienes aman, de matarse delante de una cámara de TV, de estafar a los que menos tienen, de violar y asesinar sin remordimiento, de simplemente desaparecer… y también de soportarlo, de soportar día a día y convivir con la miseria humana, con el cinismo, con el silencio cómplice, con lo más oscuro que tiene esta humanidad errada y contradictoria.
Poco a poco Alfonsina se ahoga pero no muere, se entristece pero no muere, se acostumbra… ¿se acostumbra? Entonces llega la muerte lenta del espíritu, del idealismo, de esas cosas intangibles que defendió desde que tiene memoria.
Una sombra cubre -a veces- ese mar furioso, impredecible en el que ella decide descansar. Pero no puede, no quiere acostumbrarse. Sin embargo, sabe que hay algo, ahí donde se funde el alma con ese saco de huesos, que empezó a morir de a poco. Y quizás por eso esta sensación de duelo.
Nota de la E: No se preocupen, todavía no me acostumbré, nunca voy a acostumbrarme…
3 de septiembre de 2009
La loca de Chacabuco y Crisóstomo
Tan severa afirmación salió de la boca de una señora setentosa, de un precavido cabello corto para frecuentar la “peligrosa” esquina y totalmente cano. Detrás de unos lentes, que casi abarcaban la mitad de su rostro, se escondía una mirada maniática, inocente y más allá de todo razonamiento.
-“Lo voy a tener en cuenta, muchas gracias…”, le respondí, tan sorprendida que ni pude reírme de la situación. Decidí seguir mi camino, pero una mano envejecida me retuvo del brazo: -“No te estoy mintiendo, en serio hay que tener cuidado, querida”.
Irremediablemente la tentación afloró en mi cara, y para no ofenderla, le doy gracias nuevamente y apresuro la marcha. Cruzando la Crisóstomo decido echar un vistazo, ella me contemplaba con su vestido a flores grises, un bolso gigante rojo y una sonrisa extraña.
Cavilando sobre la posible leyenda urbana de traficantes capilares, que asaltarían a la gente munidos de maquinitas eléctricas o tijeras de punta redonda, me alejé sonriendo… estas cosas suelen pasarme.
De este memorable encuentro ha pasado más de un año; sin embargo hace dos días y, en esa misma esquina, volvió a materializarse:
-“Señor tenga cuidado que este tipo de pantalones se enganchan en los autos y puede morir aplastado en la calle”, le dijo con angustia y tironeando el pantalón de vestir de mi jefe circunstancial. Sólo por la cara de pánico que puso valió la pena el reencuentro… me pregunto qué otras leyendas urbanas habrá creado ese intelecto tan particular…
